● FORO SPORTSTER ●
Este fin de semana de febrero quedará guardado en la memoria colectiva. Todos tenemos una opinión sobre el visitante. A favor, en contra, indiferente, reflexiva, expectante, provocativa, burlona, y así por el estilo. La ciudad no podía dejar pasar la ocasión y, a su manera, también emitió su veredicto.
Cruzar una calle se volvió tarea titánica. Cortes, por aquí, cortes por allá. Uniformados que aguantaron estoicos la furia de quienes por una razón u otra, querían ir del punto A al punto B a través del camino que ¡oh sorpresa! había sido resguardado para el desplazamiento de la visita.
Lo que regularmente requiere 10 minutos de travesía, se volvió un viaje a la playa o casi.
Llegar a la carretera, por tanto, requirió de más tiempo y paciencia que el acostumbrado. Superado la maraña de autos y cortes, el camino fue indulgente: “Te doy un buen día para rodar, pero a cambio tienes que estar a las 3 en casa para cumplir con los compromisos familiares”. Un buen negocio, por donde quiera que se vea.
No hay mucho que relatar entre Santa Fe y el libramiento hacia Atlacomulco. Por razones que platicaré en otra ocasión, es un camino que recorro en auto con cierta frecuencia. ¡Pero que barbaridad en dos ruedas! El camino no tiene ciencia, pero el olor a desagüe aun lo tengo conmigo. Por más que aceleraba para tratar de dejar atrás el aroma, mi nariz se empeñaba en recordarme que no todo es Hèrmes o alguna otra casa de perfume parisina.
Los lugares que conozco para comer barbacoa, llenos y con familias en espera de una mesa. “Mejor le seguimos”, le dije a mi estómago que, afortunadamente, tuvo la genial precaución de aprovisionarse de un sándwich de pavo y un vaso regular de yogurt antes de iniciar la jornada.
La indulgencia del camino también incluyó muchos pastizales carbonizados. El negro fue un fiel acompañante. Afortunadamente, solo tuve que cruzar por una quemazón que duró un suspiro, suficiente para hacerme toser y recordar que puestos a escoger, es preferible el tufo del drenaje, que la sensación de asfixia por el humo preparatorio de la cosecha.
Mi destino en esta ocasión, se encontraba a 29 km de Atlacomulco. Tres postales llamaron mi atención. La primera, un cerro, cuya cara norte luce, digamos, pelona, mientras la cara sur rebosa de árboles a manera de rizos definidos. La segunda, varios cerros carbonizados, y la tercera, una cortina de ramas que resguardan lo que parece un pequeño lago que en mejores tiempos debió ser azul. Los masters de este foro, seguramente los identificarán con facilidad.
Con el tiempo encima, emprendo el regreso. Las fotos del destino quedarán para mejor ocasión, así como dos lugares prometedores para el gourmet que todos llevamos cada vez que el camino nos llama.
A punto de cruzar la antepenúltima caseta (supongo que la ultima será en muchos, muchos años), reparo en el mensaje del odómetro. ¿Será una señal?
Para bien o para mal, me persigno y reemprendo el camino a casa.
Fin de viaje
327 Km. 8 casetas. 5453 mensajes de bienvenida para el ilustre visitante
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